LA ILUSTRACIÓN DE SIERRA MORENA Y ANDALUCÍA
Bienvenidos a la página web de Francisco José Pérez-Schmid Fernández

Con motivo de las Fiestas de Nuestra Señora del Carmen y de Conmemoración de la Batalla de las Navas de Tolosa, el Cronista Oficial de Navas de Tolosa, Francisco José Pérez-Schmid Fernández ha publicado en el Programa de fiestas un artículo sobre la vista de la reina Isabel II a Navas de Tolosa en 1862.


CRÓNICAS DE LA VISITA DE ISABEL II A NAVAS DE TOLOSA EN 1862

            En 1862, la reina Isabel II, acompañada del rey, Francisco de Asís, y el príncipe Alfonso visitaron Andalucía. Su objetivo, afianzar la monarquía en un país muy convulso por las guerras entre liberales y carlistas. En este artículo vamos a transcribir dos crónicas, una editada en Cádiz por Pongilioni e Hidalgo, y la otra de Cos-Gayón, bajo el patrocinio directo de la reina. Lógicamente, si bien las crónicas nos aportan innumerables y valiosos datos, debemos de tener en cuenta que su objetivo era ensalzarla a Isabel II, por lo que la subjetividad inunda sus páginas, apartando en numerosas ocasiones el discurso histórico para beneficio del literario.  

            El día 13 de septiembre llegaron a Despeñaperros, cerca de la aldea de las Correderas, donde fueron recibidos por las autoridades de la provincia de Jaén. A su paso por el Camino Real, la comitiva se detuvo en las poblaciones de Santa Elena, La Carolina, Carboneros y Guarromán, junto con otras aldeas coloniales como la aldea de los Ríos. De especial interés fue el paso de los monarcas por Navas de Tolosa, donde se detuvieron a contemplar los trofeos de la Batalla de las Navas de Tolosa que se conservan en la iglesia de San Miguel Arcángel de la vecina villa de Vilches, citando la crónica la cruz de hierro y la casulla. Tendremos que esperar a 1912, dentro de los actos del VII Centenario de la Batalla de las Navas de Tolosa, para poder ver los trofeos otra vez en Navas de Tolosa. En la visita también se puso de relevancia el castillo de Tolosa, junto con obras de arquitectura efímera que se realizaron como son los arcos, y el obelisco.

            De ambas crónicas podemos destacar como los habitantes de Navas de Tolosa decoraron este obelisco[1], de modo similar a como se adorna en la actualidad el monumento a la Santa Cruz durante las fiestas de Nuestra Señora del Carmen y la Batalla de Las Navas de Tolosa. Sin duda, este es un importante testimonio que nos ofrece ―hasta la fecha― la primera crónica escrita sobre la celebración en Navas de Tolosa de la batalla que dio nombre a la población (exceptuando la celebración religiosa del Triunfo de la Santa Cruz que se realizaba por la iglesia), aunque fuera con motivo de la visita de la reina Isabel II y su séquito.

I

Pongilioni, A. y Hidalgo, F. de P., Crónica del viaje de Sus Majestades y Altezas Reales a las provincias de Andalucía, Eduardo Gautier Editor, Cádiz, 1863. Pág. 9-11. 

«Dejando atrás el pueblo de Santa Elena, llegó la regia comitiva á las Navas de Tolosa, donde hizo alto. Habíase levantado delante de la iglesia un precioso obelisco adornado de pabellones de armas, trofeos, mitras y báculos, en el cual se podían leer los nombres de los obispos y de los capitanes que asistieron á la memorable batalla ganada por el Rey Alfonso VIII al rey moro Aben Mohamed, el lunes 16 de Julio de 1212. Cuenta la tradición que, en lo más serio de la refriega, el arzobispo D. Rodrigo atravesó por entre los escuadrones enemigos con la cruz de hierro que llevaba por insignia, sin recibir daño alguno, quedando clavadas en el asta muchas de las saetas que le arrojaban los moros. La memoria de este triunfo, alcanzado contra un ejército formidable de infieles que amenazaba extinguir el cristianismo, se celebra anualmente en las iglesias de España con el nombre del Triunfo de la Santa Cruz. SS. MM se apearon de los coches delante del obelisco, él clero las recibió con el palio y les presentó esa misma cruz milagrosa de hierro, que la Reina adoró y besó llena de emoción. Las entusiastas aclamaciones del pueblo que se agitaba al rededor, enmudecieron á la vista del espectáculo solemne que ofrecían los descendientes de Alfonso VIII adorando el signo cristiano de la Redención. El silencio profundo que había guardado la multitud durante esta breve ceremonia, revelaba muy bien los sentimientos cristianos del pueblo español, así como toda la sublimidad de la escena cuanto más sencilla aparecía. Al terminar el acto, la Reina recibió las felicitaciones de las autoridades y el clero, y exclamó con el acento con que solo puede hacerlo una madre al dirigirse á su hijo: Quiera Dios que este Alfonso mi hijo, sea otro como el VIII para bien de la Religión y de España. Un prolongado y frenético Viva la Reina se escapó instintivamente de todos los labios, hasta entonces mal contenidos por lo grave de la solemnidad, y el pueblo en masa que llenaba la plaza y las calles contiguas, saludaba con entusiasmo á los reyes, que contestaban á estas muestras de cariño con enternecimiento, en tanto que examinaban la misma casulla que llevaba el arzobispo D. Rodrigo en la célebre jornada, y se disponían para continuar su marcha. Frente al arruinado castillo de Tolosa se hallaba levantado otro arco en el que se leía esta inscripción: A SS. MM. y AA. — A la batalla de las Navas de Tolosa. En dos grandes tarjetones puestos en los costados, se leían también estas dos octavas. La una, escrita bajo un escudo real, decía:

                                   Con cadenas pensó el altivo moro

                                   su tienda rodear, creyendo un día

                                   que el hierro que guardaba su tesoro,

                                   su gloria y sus soldados guardaría.

                                   Ignoraba que vale más que el oro

                                   la viva fe que en el cristiano ardía,

                                   y la cadena á que tenaz se agarra,

                                   sirvió de escudo al reino de Navarra.

 

            La otra estaba escrita bajo una cruz de Calatrava.     

 

                                    En esta tierra que pisáis, Señora,

                                   vio Miramamolin el africano

                                   la media luna un día vencedora,

                                   á los pies del ejército cristiano.

                                   El sol que esta campiña altivo dora,

                                   testigo del valor del castellano,

                                   es el mismo que dá su luz fecunda

                                   al regio paso de Isabel Segunda.».

 

II

Crónica del viaje de sus majestades y altezas reales a Andalucía y Murcia. En septiembre y octubre de 1862. Escrita por orden de su majestad la reina por don Fernando Cos-Gayón, Imprenta Nacional, Madrid, 1863. Pág. 27-28.  

            «En Las Navas fue presentada á los Reyes la célebre cruz de hierro que fue gloriosa bandera en la gran batalla. Los descendientes de Alfonso VII se apearon de los coches para adorar y besar la reliquia santa. El pueblo allí reunido se conmovió profundamente con aquella escena, y aplaudió con todo el vigor de su alma á Isabel II cuando la oyó manifestar sus deseos de que su hijo Alfonso sea, por su magnanimidad \ su gloria, tan insigne como el Octavo para bien de la religión y de la patria. Junto á los restos de antiguo castillo, se había erigido un arco que en uno de sus costados decía Á SS. MM. y AA., y en otro A la batalla de Las Navas de Tolosa, y que respectivamente colocados bajo el escudo de las armas Reales, y bajo la insignia de la Orden de Calatrava, ostentaba, además de contener otras muchas memorias del célebre día de la lucha, las dos siguientes octavas:

                       

Con cadenas pensó el altivo moro

su tienda rodear, creyendo un día

que el hierro que guardaba su tesoro

su gloria y sus soldados guardaría.

Ignoraba que vale más que el oro

la viva fe que en el cristiano ardía,

y la cadena á que tenaz se agarra

sirvió de escudo al reino de Navarra.

En esta tierra que pisáis, Señora,

vio Miramamolin el africano

la media luna, un día vencedora,

á los pies del ejército cristiano.

El sol que esta campiña altivo dora

testigo del valor del castellano,

es el mismo que da su luz fecunda

al regio paso de Isabel Segunda.».

 

[1] Posiblemente el obelisco al que se refiere la crónica sea el primitivo monumento al Triunfo de la Santa Cruz, que fue destruido por un camión a finales del siglo XX, realizándose una copia que es el que tenemos en la actualidad.  

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